miércoles, noviembre 22, 2006

Cuán presto se va el placer

Pero la verdad es que después de acordado no da dolor.
Mas bien, que me quiten lo cantado.

Porque como quien no quiere la cosa, ya hace dos semanas que a estas horas estábamos en vuelo hacia Viena. Yo tiendo mas bien a la síntesis, y me da pereza perderme en una descripción pormenorizada de lo que fue el viaje, así que resumiendo: estuvo muy bien.

De Bratislava, vi poco, porque fue llegar, comer, ensayar, cantar y salir corriendo rumbo a Brno.
Pero me dejó varias impresiones memorables: la puesta de sol sobre el Danubio, la sopa de ajo servida dentro de una hogaza de pan vaciada, el Teatro Reduta, precioso por dentro y por fuera,




Teatro Reduta por fuera y por dentro



la calidez del público eslovaco, mucho mas expresivo que el checo, el bis de nuestra violinista, Gersia, que después de deslumbrar al público con Sarasate se lució con una partita para violín solo de Bach que nos elevó a todos varias nubes por encima de la estratosfera...

De Brno vimos algo mas, ya que tuvimos dos mañanas libres para corretear la ciudad.
Los checos son muy suyos, la verdad. No me puedo imaginar que en Madrid se de la situación que nosotros experimentamos: dirigir la palabra a cinco o seis personas por la calle a ver si nos podían decir dónde había un banco para cambiar dinero, y ante nuestras preguntas sobre si hablaban inglés o francés, seguían caminando con la vista al frente, sin dirigirnos siquiera una mirada, como si no estuviéramos allí. Y no es que diéramos con un sordo, ya digo, fueron cinco o seis casos. Inexplicable. Al fin pillamos a tres fumadoras, que como estaban paradas, cayeron en la cuenta de que les hablábamos y nos dieron las indicaciones necesarias. Debe ser que como a los otros no nos los habían presentado...

No se si en Praga serán algo mas políglotas, con eso del turismo, pero en Brno, nada. Algunas personas mayores hablan algo de alemán, pero el inglés y el francés, poquito y casi nadie.
Pero nos dio lo mismo: probamos el vino nuevo en el mercadillo de la plaza, visitamos las momias en la cripta de los capuchinos (¡qué grima! y qué puesto de trabajo, para la señora que vende las entradas, allí todo el día en una cripta llena de momias...¡brrr!) subimos a la catedral, paseamos el parque del castillo, escuchamos el carrillón del Castillo Spilberk dando las 12, y tuvimos mucha suerte con el tiempo, porque el jueves llovió un poco, pero el viernes hizo una mañana preciosa, que nos permitió recordar lo que es un otoño luminoso, ya que en España, este año vamos a pasar directamente del verano al invierno sin haber visto una chopera llameante, como a mi me gustan.

El aspecto musical de la expedición ya quedó reflejado en esa reseña de Terra que colgué el otro día, pero he de añadir que nos lo pasamos estupendamente cantando en checo mientras aquellos mozos garridos bailaban y brincaban, y agitando los flecos de los mantones a los sones de las zarzuelas.

El grupo Ondras, espectacular desde todos los puntos de vista; desde el estético evidentemente, porque eran todos guapisimos, chicos y chicas, o al menos lo parecían, así metidos en el fragor de la danza; y desde el punto de vista profesional: auténticas máquinas, con una precisión y una sincronización matemática, capaces de pasarse dos o tres horas dando brincos y volatines, sudando a mares, y repetir otra vez todo de cabo a rabo sin perder la sonrisa; precisos hasta para los bises y el saludo, que ensayaban como todo lo demás: cuando el jefe daba la patada en el suelo, se inclinaban todos a una como autómatas. Bien que lo intentó Alex al terminar el coro de doctores de "El rey que rabió", pero no le siguió nadie. Ya se sabe lo que es la desorganización española.

Lo mejor, el fin de fiesta en el teatro de Bzenec, cuando ya se había ido el público y nos pidieron que esperásemos en el escenario para las fotos, y entonces se arrancaron nuestros metales con "Paquito el chocolatero" y todos a una, cogidos de los brazos, adelante y atrás "Aaah, Aaah", como locos, y los checos dando palmas entre bastidores. Muy divertido.

Y luego la fiesta de inaugración de la nueva sede en Vracov, con aquella escogida representación de la orquesta haciendo diabluras zíngaras con los violines y el cémbalo (o lo que sea aquel instrumento)y una cena de resopón que quitaba las penas. Lástima que ya habíamos cenado en Bzenec, pero hicimos lo que pudimos.

En fin, cuatro diitas muy apretados y bien aprovechados. Ojalá sirvan de aperitivo para una serie de viajes a aquellas tierras, que se nos ha quedado Praga en el tintero.
Y en otra ocasión comentaré mi fin de semana en Viena, porque cuando el coro en pleno emprendió camino de vuelta a Madrid, el sábado 11, yo prolongué mi estancia un día mas, para disfrutar un poquito de Viena.

Pero eso, como diría Sebastian, es otra historia.

1 comentario:

Mixolidius dijo...

No tardes mucho en comentar lo de Viena: es una ciudad-paraíso para los amantes de la música...