miércoles, abril 14, 2010

Crónicas Siriacas II, o Las Seis y Una Noches

Segundo Día. Lunes. Palmira
En nuestro segundo día de viaje vamos a visitar las ruinas de Palmira, esa ciudad que llegó a desafiar a Roma bajo el mandato de su reina Zenobia. Empezamos la visita por la necrópolis exterior, una amplia zona de tumbas donde predominan dos tipos de enterramientos: las Tumbas-Torre y los Hipogeos.



La mayor parte de las tumbas-torre están derruidas pero algunas se conservan bastante bien. Como es el caso de la Torre-Tumba de Elhabel. Es una construcción formidable, de tres pisos y sótano, con capacidad para casi 300 enterramientos en nichos como columbarios en las paredes. Por la parte de atrás se puede bajar al sótano donde eran enterrados los esclavos y criados de la familia.






Subimos hasta el piso superior, desde cuya ventana las vistas son imponentes. En la torre quedan algunas esculturas de la primitiva decoración, que permiten darse cuenta de la calidad de los artistas y de las peculiaridades del arte palmireño, que puede confundirse con el romano, pero tiene sus características particulares. La mayoría de los bustos y esculturas que decoraban estas tumbas están conservados en el Museo Arqueológico de Damasco.






Vista de la necrópolis en primer término y al fondo, las ruinas de la antigua Palmira y el oasis que hace posible la vida en este lugar.





También visitamos un hipogeo, o tumba subterránea, llamada “de los tres hermanos”, que conserva algunas esculturas, pero sobre todo, unos frescos notables, de estilo clásico pero muy expresivos. (Hay un estudio muy bueno, detallado y con excelentes imágenes en el trabajo de Gloria Mora en: http://www.studentals.com/1.pdf. Es interesante porque dentro de la tumba no dejaban sacar fotos con flash)




Una camella con su cría



De la necrópolis vamos a las ruinas de la ciudad propiamente dicha. Es enormemente grande, y se conserva bastante en pie, si consideramos la antigüedad de estas ruinas y que han sobrevivido a calamidades, guerras, invasiones y terremotos.
Lo primero que visitamos es el Templo de Bel. Sus proporciones son desmesuradas, ya que encerraba no solo la Cella, la capilla para los dioses, sino también avenidas, altares para los sacrificios, columnatas, y todo ello rodeado por muros, de los cuales algunos se conservan aún en pie, sobre todo porque en época árabe se reutilizaron muchos materiales antiguos para convertir el templo en fortaleza. Esta fortificación es la que desvirtuó la antigua fachada, que aparece enmascarada por muros que la cierran. Según parece Bel es el mismo Baal que menciona la Biblia. Y la terminación “el” que indica relación con la divinidad, es la misma que forma parte de los nombres Israel, Miguel, Rafael, Gabriel, etc.


Allí nos sentamos a la sombra de unas columnas para escuchar las explicaciones de Ahmet, y el tiempo parece detenerse. Aunque es temprano, sólo son las 9,30, el sol ya aprieta; en las ruinas hemos pasado calor y aquí, a la sombra corre una brisa fresquita, se oye piar a los pájaros, hay una gran tranquilidad entre todas estas piedras caídas, junto a muros que están en pie hace mas de 2000 años, y durante un rato contemplamos tanta historia y tanta belleza juntas. Un momento para recordar.




En este resto de torre defensiva se puede comprobar cómo durante la época árabe se reutilizaron materiales (tambores de columnas caídas) como elementos para construir nuevos muros.



En los muros que siguen en pie observamos una gran cantidad de agujeros, como si hubiesen sido tiroteados; pero si nos fijamos, todos los huecos coinciden con las uniones de dos o más piedras. Ahmet nos explica la técnica utilizada por los constructores para fijar los grandes sillares unos con otros: horadaban el centro y metían un núcleo de metal fundido por las junturas, que al solidificarse actuaba como espiga. Pero los conquistadores posteriores, llevados de la codicia, horadaron sistemáticamente los muros para extraer el metal y reutilizarlo en sus armas. Por eso los huecos se sitúan en las junturas de las piedras.



También nos hace fijarnos en multitud de detalles que nos pasarían desapercibidos, sobre las canalizaciones, tanto para el agua potable como para el alcantarillado, los altares ceremoniales para los sacrificios de animales, la capilla principal o Cella, donde se guardaban las estatuas de los dioses, y que, a diferencia de los templos griegos o romanos, no tiene la entrada por uno de los lados más estrechos, sino por el lado más ancho, abierto hacia el este, y al final de una rampa de acceso, que aumenta su monumentalidad. Como suele ocurrir este recinto fue reconvertido más tarde, primero en iglesia cristiana, luego en mezquita; la humanidad tiende a considerar sagrados los mismos lugares durante siglos, aunque cambie el nombre de sus dioses.
Hay una página interesante sobre la reina Zenobia donde citan la siguiente referencia:
Al regresar Aureliano a Roma, construyó un templo dedicado al dios sol, colocando en él las estatuas del dios sol que se había llevado del Templo de Palmira. La revista History Today comenta lo siguiente sobre este tema: “La acción de Aureliano que mayor repercusión tuvo tal vez fue la instauración, en el año 274 d. de C., de la fiesta anual del sol, que caía en el solsticio de invierno, el 25 de diciembre. Cuando el imperio se hizo cristiano, el nacimiento de Cristo se transfirió a esa fecha para que las personas a las que les gustaban las fiestas antiguas encontraran más aceptable la nueva religión. Es curioso pensar que en última instancia es a la emperatriz Zenobia a quien se debe el que la gente celebre la Navidad en esa fecha”.



El oasis que rodea Tadmor, la ciudad moderna, y las ruinas de Palmira, visto desde el Templo de Bel
Cuando la ciudad cayó y llegó su decadencia, las ruinas fueron utilizadas por los beduinos de la zona, que edificaron un pueblo dentro, hasta que durante el gobierno de los franceses, a principios del S. XX, éstos desalojaron a los beduinos para iniciar las excavaciones, y los realojaron en la ciudad moderna, Tadmor, que ha crecido junto al oasis de Palmira. En la actualidad Tadmor tiene más de 50.000 habitantes.



Lo más llamativo, aparte del inmenso Templo de Bel, es la columnata que recorre el Cardo Máximo, la arteria principal de la ciudad. La parte mejor conservada, de unos 1200 metros de longitud, comienza en un Arco Triunfal y termina en el Tetrapilos, cuatro grupos de cuatro columnas. Como la ciudad no fue creada de nueva planta por los romanos, sino que tuvieron que adaptarse a un trazado preexistente, el Cardo Máximo hace varios cambios de dirección en su longitud, y en el Arco Triunfal que se conserva en pie se observa un curioso subterfugio para mantener la monumentalidad del conjunto. Las dos fachadas de este arco no son paralelas, sino que forman un ángulo de 11º para que cada fachada quede perpendicular al tramo de avenida que parte hacia un lado y otro del Arco. Esto se observa con toda claridad buscando el enclave en Google Earth (34º 32' 59''N -- 38º16'15''E) en la fotografía por satélite.


Ahmet, nuestro guía, complementa sus explicaciones dibujando croquis en el suelo




Son características de Palmira las columnas, altísimas, con ménsulas a medio fuste, que al parecer servían para colocar estatuas de ciudadanos ilustres: militares, gobernantes, funcionarios (¡Una ciudad donde se hacen estatuas a los funcionarios es evidentemente una ciudad con alto nivel de civilización!) con inscripciones que dedican y nombran las estatuas. Existen inscripciones bilingües en palmireño y latín o griego, que han permitido interpretar y traducir este idioma. Vemos el Arco Monumental, las termas, el Santuario de Nebo, el lugar donde estaba el Senado (que como bien explica Ahmet, no es un invento romano. Cualquier cultura que reúne a sus mayores para que guíen y gobiernen a la comunidad, tiene un Senado constituido) y el Teatro, que sin ser tan monumental como el que tenemos en Mérida, por ejemplo, está bastante bien conservado. Como sucede siempre en estos teatros la acústica es impresionante.




La columnata desde el Tetrapilos. Al fondo el Arco Triunfal


Almudena aceptó la invitación de un camellero para recorrer el Cardo Máximo
a lomos de "el navío del desierto"



Castillo árabe que domina las ruinas de Palmira, Qalat Ibn Ma'an



Palmira con su oasis al fondo, desde el Castillo Qalat ibn Ma'an



Qalat ibn Ma'an




Nos despedimos de Palmira reponiendo fuerzas para seguir viaje hasta Hama


Proxima etapa: Hama, la ciudad a orillas del Orontes, famosa por sus norias.


4 comentarios:

Lansky dijo...

Cómo se parecen esas áridas mesetas a ciertas zonas de Almería o del interior de Castilla.

(Por cierto, cuidadín con los varoniles camelleros, que veo ahí demasiado mujerío suelto)

Cigarra dijo...

Señor Lansky, ¿por qué se cree usted que el mujerío se desparramó por aquellos lares? ¡A ver si había suerte con los camelleros! Pero nada, eran todos muy serios y formales, y además hablaban rarísimo y no se les entendía nada.
Otra vez será, esperemos.
A Almería, se puede parecer un poco. Pero es demasiado secarral en comparación con Castilla. Quizá los Monegros.
Sin embargo la franja de la costa, que riega el Orontes, era un vergel de frutales y cereales, que estaba precioso. Ya llegaremos a ese capítulo, un momentín.

Gelasio dijo...

¡Venga, Giuse, ese currículum ya en la mesa de todas las editoriales de guías turísticas, que tienes a las niñas ya "criás"...! (A tu señorito, que le den dos duros, que eso es lo más que nos merecemos los señoritos de vuestra parte).
Equilibras muy bien texto e imagen.Amenísimo. Enhorabuena.

Cigarra dijo...

Oye, pues es una idea. ¿Tu crees que me pagarían los viajes? Siempre he envidiado a esos chicos de los reportajes de Lonely Planet que ponen los viernes por la tarde en TV2 y que se tiran en parapente y comen escarabajos crudos. Bueno lo de los escarabajos no se lo envidio, pero casi todo lo demás, si.