viernes, abril 09, 2010

Crónicas Siríacas (I)

Al fin llega la fecha señalada para nuestro viaje a Siria. Las cinco esforzadas viajeras del coro Accento (bueno, un cuarteto de cuerda (de contraltos) y acompañante solista (nuestra Almudenita) se reunen en la T-4 de Barajas, dispuestas a conquistar Siria. Lo que no saben es que Siria las conquistará a ellas.




Después de cuatro horas de viaje cuando llegamos al Aeropuerto de Damasco son las 3 de la mañana (las 4 hora local) y las caras están un poco más soñolientas, pero la ilusión, intacta.



Tras unas pocas horas de descanso en el hotel, ya estamos dispuestas a lanzarnos al caos de la circulación de Damasco. El Hotel Cham Palace de Damasco tiene un vestíbulo espectacular en el que no han ahorrado en arañas monumentales y taraceas de marfil y nácar para que el viajero sienta que ha llegado a Oriente.





Esta es la Bab Al Jabiya, la puerta oeste del Zoco Hamidiyah, junto a la Ciudadela, donde comienza el dédalo de calles llenas de tiendas que se extienden hacia el este, por toda la ciudad antigua.




La parte antigua de Damasco ocupa el lugar donde estuvo la ciudad romana, de la que se conservan bastantes restos de muralla, que aún la rodean por el norte, el este y parte del sur. Esta “Calle Mayor” del Zoco Hamidiyah sigue el recorrido del antiguo “decumanus” romano y llega hasta la gran explanada frente a la Mezquita de los Omeyas.


Recorremos lentamente este trayecto, en parte porque la multitud que lo llena haría casi imposible caminar deprisa, pero sobre todo, porque el abigarramiento de las tiendas que lo flanquean, la multitud de objetos, ropas, abalorios, todo lo que se ofrece en los locales abarrotados, multicolores y brillantes, nos hace detenernos constantemente. Los que hemos estado en otras ciudades árabes, como Marrakech, teníamos una imagen de zoco como lugar estrecho, atiborrado y algo agobiante. Este zoco es completamente distinto. Esta calle principal tiene más de 20 metros de ancho, y se cubre con una bóveda altísima, por encima de los dos pisos de altura que tienen los locales, por lo cual el interior es fresco, aunque fuera haga un sol de justicia. Por lo menos ahora que estamos en marzo; suponemos que en agosto será bastante diferente. Pero si creemos que hemos inventado algo con los grandes centros comerciales y las galerías cerradas, aquí tenemos la demostración de cuál es el origen del invento.

Todas las mujeres llevan la cabeza cubierta con el velo. Si se les ve el cabello es que son turistas como nosotras, o son de algunas de las varias confesiones que forman ese 10% de la población cristiana en el país. Pero las musulmanas van tapadas, o bien con un simple pañuelo más o menos colorido, o lo que es más frecuente, con un gran manto negro que las tapa de pies a cabeza, a veces incluso con la cara tapada dejando sólo la rendija de los ojos, o en casos extremos (aunque son los menos) un velo negro tupido que tapa completamente las facciones. No hay burkas al estilo afgano, pero el velo negro las oculta casi más. Esas tan extremadamente tapadas, deben pertenecer a la minoría chiita, que es más fundamentalista que los sunnitas, a la que pertenecen la mayoría de los sirios, y que es más abierta y tolerante. Cuando comentamos estas cuestiones con nuestro guía, días mas tarde, nos transmite la misma opinión que dice Rosa Regás en su libro “Viaje a la luz del Cham”: a raíz del atentado a las Torres Gemelas, hubo un notorio retroceso en las formas externas y en las costumbres; Hace quince años no se veían tantas mujeres tan tapadas, pero a raíz del atentado, al experimentar el rechazo brutal de occidente, en muchos países árabes han vuelto a las formas externas tradicionales, no tanto por una cuestión religiosa o fundamentalista, como por una forma de recuperar y afirmar la identidad cultural.


En cualquier caso es chocante la visión de estas mujeres rigurosamente vestidas de negro de pies a cabeza, envueltas en mantos que impiden saber su edad, su tipo y su talla, extasiándose antes los escaparates donde se amontonan los vestidos más fantásticos, como de Sissi emperatriz, pero una Sissi enloquecida, con tules, lentejuelas, lazos, volantes, encajes, pedrerías, flores aplicadas, en fin, toda clase de angaripolas deslumbrantes. Y uno se pregunta ¿Para qué los miran? ¿Cuándo y dónde se los ponen? Pues resulta que son lo que un argentino llamaría “la bata de entrecasa”. Son para vestirse en la intimidad del hogar, en las fiestas con los amigos íntimos, en las ocasiones entre familiares. ¡Ya ves tú!


En estas tiendas puedes encontrar de todo: ¿qué quieres un lagarto disecado, una estrella de mar, un caparazón de tortuga o unas sanguijuelas vivas? Este es el lugar adecuado

Por no hablar de las especias que nos asaltan con su colorido y sus aromas penetrantes.
Algunos compensan la pequeñez del local acumulando el género.


Al fin desembocamos en la plaza que hay delante de la Gran Mezquita de los Omeyas, donde debió estar el foro de la ciudad romana. Aún quedan en pie varias columnas que dan testimonio de ello, y algunos arcos. La visión del minarete entre las columnas romanas, o el arco de entrada a la mezquita enmarcado en el arco romano nos hace comprender gráficamente lo que unas culturas dejaron sobre otras y cómo somos herederos de todas.





Camino hacia la entrada de la Gran Mezquita de los Omeyas, encontramos la Tumba de Saladino. A todos nos suena el nombre, y el guía nos explica que fue uno de los principales defensores de estos lugares contra la invasión de los cruzados, y que fue un monarca famosísimo por sus victorias, pero también por su clemencia y caballerosidad. Es interesante leer el libro de Amin Maalouf “Las cruzadas vistas por los árabes” para ponernos en el punto de vista de los que estaban aquí cuando llegaron los cruzados haciendo de las suyas. En este mausoleo tenemos por primera vez ocasión de practicar la costumbre respetuosa de cubrirnos la cabeza con nuestros chales y despojarnos de nuestros calzados para entrar dentro de un recinto considerado sagrado.







Llegamos a la Puerta Norte que es la reservada a los turistas, y por allí accedemos al gran patio de la mezquita, después de descalzarnos convenientemente y cubrir nuestros atuendos occidentales con la chilaba que nos proporcionan en la entrada. Nuestro aspecto con las mochilas, bolsos, máquinas de fotos y otros aditamentos haciendo bultos por debajo de las chilabas es digno de verse.



La Mezquita de los Omeyas es impresionante. Durante mucho tiempo ha sido la más grande del mundo, hasta que la mezquita de La Meca fue ampliada hasta las proporciones monumentales que tiene ahora. En cualquier caso, sea la 1º, la 2º o la 3º más grande, es una maravilla, y su planta sirvió de modelo a todas las que se fueron construyendo después de ella. Tiene la clásica disposición de un patio porticado con fuente en el centro, junto a una enorme sala rectangular dividida en tres naves por hileras de columnas, y como tantos otros lugares sagrados en el mundo, está construida sobre otros templos preexistentes: una basílica bizantina, un templo romano dedicado a Júpiter, un templo anterior de época griega, aramea, o más antiguo aún… Deambulamos por el patio, que es inmenso, y tiene unos mosaicos maravillosos, y luego pasamos al interior, impresionante por sus dimensiones y su decoración.










Las mezquitas tienen un ambiente muy diferente al de las iglesias cristianas. Son evidentemente, lugares de oración, pero no sólo eso: son también lugares de reunión, de meditación, de descanso… Los fieles (y los turistas) deambulan por allí, unos con más y otros con menos recogimiento, un grupo de jóvenes están sentados en el suelo en círculo alrededor de un Imán que lee el Corán con la entonación musical prescrita, algunos se prosternan en el suelo vueltos hacia el muro principal, la Quibla, que marca la dirección en que está La Meca.( Aquí es el sur, evidentemente, y cuando Abderramán I tuvo que huir de Damasco y fundó la dinastía Omeya en Córdoba, dirigió la mezquita de Córdoba hacia el sur, aunque desde España La Meca quedaba más bien al este. Pero se comprende su nostalgia de emigrado, y su confusión geográfica)



Hay librerías donde se guardan ejemplares de El Corán, para aquellos que no hayan traído su propio libro



Hay lectores solitarios que ponen un atrilillo plegable en el suelo y leen el Corán en voz baja o cantando, hay mujeres con niños que corretean, y se acercan al mausoleo donde está la cabeza de San Juan Bautista, que se encontró aquí enterrada al construir la mezquita y se conserva con gran veneración. Del mismo modo que hay un minarete del Profeta Jesucristo, donde se cree que se aparecerá cuando vuelva a la tierra en su vuelta definitiva. Hay gran respeto por Jesús al que se considera uno de los grandes profetas.



Sea por la luz tamizada de colores que penetra por los ventanales, o por el suelo alfombrado que amortigua las pisadas, se respira una gran paz, un ambiente luminoso de tranquilidad. Paseamos, hacemos fotos, admiramos la obra de arte que es el Minbar, o púlpito, y el Mihrab, que es la hornacina vacía que representa la presencia incorpórea de Alá, en el centro de la Quibla, el muro principal de la mezquita.










Salimos de la Mezquita por la puerta principal, que da a la gran plaza del antiguo Foro romano, para dirigirnos a ver el palacio Azem, convertido en Museo de Artes Decorativas.




Vamos callejeando por el zoco hasta este Palacio-Museo del S. XVIII. Construido para vivienda de un gobernador de Damasco, tiene una estructura típica de casa árabe, pero a lo grande. Un gran patio central ajardinado, con fuentes y surtidores, al que se abren varias estancias, tanto para los señores, como para los criados. En cada una de ellas han puesto una serie de objetos o maniquíes con atuendos típicos de situaciones de la vida: vistiendo a la novia para la boda, el novio y sus amigos, el cuarto de la suegra (con la cuna, me parece bien que sea ella la que se ocupe del bebé), la peregrinación a La Meca, o los baños con sus zonas frías, templadas y cálidas. Un lujo oriental.







Para reponer fuerzas nos acercamos al Barrio Cristiano, donde se puede ver otro buen ejemplo de superposición de culturas: junto al arco romano, un minarete medieval, y en el cartel rojo, ampliando la foto, se puede leer "Patriarcado Griego Ortodoxo" porque allí cerca está una de las muchas iglesias pertenecientes a las 11 confesiones cristianas que tienen su espacio en esta zona de la ciudad vieja.


Y nos embarcamos en nuestra primera comida siria, que se compone de muchos platillos con entrantes (sustancia blanca, sustancia roja, sustancia amarilla) algunos reconocibles, otros menos, como las berenjenas aliñadas, los calabacines preparados de muchas maneras, ensaladas para que cada uno las prepare en su plato, humus de garbanzos, y una pasta roja que pica que rabia, que debe llevar guindilla o pimentón picante. Para acompañar, pan árabe, de ese aplastadito que se abre en dos hojas, y que está buenísimo. Los aliños no son tan diferentes a los nuestros, con aceite y limón, y en ocasiones esa riquísima mezcla de yogur y pepino aromatizado a la menta, que es de origen griego. Los platos fuertes siempre son a base de cordero y pollo, y en alguna rara ocasión, ternera. Y de guarnición arroz de grano largo al vapor o aliñado con especias y a veces patatas fritas. Vamos, que el que tenga buen diente y gustos amplios, se puede poner las botas.




Hemos comido tarde y se nos han hecho las 5, y hasta Palmira hay tres horas de viaje, al menos, así que aprovechamos la penumbra que producen los cristales tintados del autocar para echarnos una siestecita reparadora, que la noche anterior fue larga y movida, y la mañana ha sido muy ajetreada.
Ya anochecido, hacemos una parada en lo que parece la mitad de la nada, en un local con un gran rótulo “Bagdad Café” como la película. Es un chiringuito de estilo beduino, donde algunos se toman un té, y donde cambiamos algo de oro por baratijas. (Oro nuestro por baratijas suyas, claro. Estos señores fueron ante todo y más que nada, fenicios en sus orígenes. Le venden un mechero a un pez) Pero son simpáticos, son menos agobiantes que en otros lugares que te acosan con sus mercancías. Estos te dejan mirar, y no te apremian. Con lo que picamos más fácilmente aún, claro.



Al fin llegamos al hotel, Dedeman Palmyra, que está perfectamente a tono con el ambiente del lugar. Hasta el punto de que el vestíbulo reproduce la columnata principal de la ciudad y el techo está pintado como si fuera el cielo. Al fondo hay un espejo y el efecto general es el de hallarse en una columnata inacabable, similar a la de las ruinas de la ciudad.




Cenamos en el hotel, y como no nos entretenemos mucho, cuando nos proponen tomar un té en una jaima de beduinos unos cuantos nos apuntamos. Desde luego Las Chicas del Coro, que no estamos dispuestas a perdernos nada. Es la típica tienda grandota, forrada de alfombras y tapices, con un banco para sentarse todo en derredor, donde un grupo de lugareños vestidos de beduinos entonan cánticos indescifrables acompañándose con ese instrumento de cuerda (y digo bien, porque sólo tiene una) que creo que se llama rabab, y se toca frotándola con un arco, como si fuera un precedente de los rabeles castellanos, que probablemente lo sea.







El caso es que nos preguntan si alguna se quiere vestir con los trajes típicos y allá te van tres esforzadas viajeras, la salmantina Leyre, la madrileña Loles y nuestra Almudenita, que está increíble con el atuendo beduino. Le queda como si hubiera vivido siempre así vestida. En seguida se animan a bailar, haciendo repicar las sonajas y cascabelillos del pañuelo que llevan ceñido a la cintura, y al momento salen dos danzantes del grupo de cantores a bailar con ellas. Es genial porque lo hacen como si hubieran estado ensayando juntos toda la vida. Sobre todo, (y no es porque sea nuestra niña, pero es que es cierto) Almudena, que tiene un toque arábigo y un salero para seguir los pasos de su acompañante, increíble. Tocamos palmas, les jaleamos, nos reímos una barbaridad y pasamos un rato estupendo.


Como si se hubieran pasado toda la vida practicando en la misma discoteca. Genial





Y como al día siguiente nos espera un trabajo muy duro, y nos van a llamar a las 7 de la mañana, nos recogemos prontito.
¡Hasta mañana!


4 comentarios:

Gelasio dijo...

Percioso relato, Giuse. Tú, como que has nasío para ser redactora de las guías Pilot, pongo por ejemplo. Mira por donde, voy a conocer Siria sin salir de casita, gracias a la excelente prosa viajera de tus crónicas siriacas. A algunas de tus compañeras de viaje, como que las conozco yo también. Por cierto que Tita Berk le ha traído a Salomé un precioso monedero de artesanía y a mí - compartido ¿eh?- un pastelito de pistacho que me tomaré después de comer, con el café.O sea, una cosa y otra me hacen sentirme en el mismísimo Damasco. Un beso. Seguiré con interés las próximas entregas.
Alberto.

Miroslav Panciutti dijo...

Ufff, qué envidia. Seguiré dejándome crecer los dientes con la continuación de tus crónicas.

Lansky dijo...

¡Cómo te lo pasas, bribona!

Erlo dijo...

Del momento me limito a un detalle: Hablando de la comida mencionas "una pasta roja que pica que rabia": ¿Puede ser que se llama Harissa? En Túnez llegué a conocerla, y por gustarme mucho, estando en España la suelo comprar en un supermercado (que por lo demás no me gusta de nada ...) en el cual sí tienen esta pasta riquísima.