martes, febrero 06, 2007

Blogs y correo-e, o una visión pesimista de la comunicación



Hoy he cruzado unos correos con Miher Manillo Javier al que tenía algo abandonado. Y me ha surgido esta reflexión (a otros les salen granitos cuando se ponen nerviosos; a mi, como soy tan sutil, me surgen reflexiones) :

Cuando escribes en un blog te queda una sensacion semisubconsciente de que te has comunicado un poco con alguien y no te quedan tiempo o ganas de comunicarte con quien solías hacerlo personalmente en detrimento de tí mismo y de tus interlocutores habituales.

De manera que cartearse es como hablar con alguien y escribir en un blog es como hablar solo en una habitación a oscuras, en donde no sabes si alguien te oye, y en la que de vez en cuando surge una voz que te hace pensar que hay alguien por allí escuchando.

La explicación del éxito de los blogs, entonces, se basa, evidentemente, en el narcisismo inherente a todo ser humano, (solemos tener mas interés en decir lo nuestro que en escuchar lo que tienen que decir otros) y en el entendimiento perverso que tenemos de lo que es el acto de la comunicación: nos basta con hablar, esperamos que todo el mundo, o al menos, mucha gente, nos preste atención y nos importa un bledo si nos contestan o no. ¡Qué fuerte!

Si a esto se añade la opinión que tiene mi otro hermanillo, el italianín, de que cuando hablas con alguien el otro generalmente no está escuchando lo que dices, sino, a lo sumo, esperando que hagas una pausa (aunque no sea más que para respirar) que le permita colocar lo que está fraguando en su cabeza mientras hablas; y lo que diga, casi seguro, estará más de acuerdo con lo que él supone que dirías según la idea que tiene de ti, que con lo que estés diciendo realmente, pues figúrese qué pobre opinión tenemos en mi familia de lo que es la Comunicación.

Y así y todo, nos pasamos el día hablando... o escribiendo en los blogs....

Repito : ¡Qué fuerte!

21 comentarios:

La Uge dijo...

Encantada de que hayas tocado el tema. Gracias.

Cigarra dijo...

Para citar como es debido, copio textualmente el párrafo de Guillermo, el italianín, que se expresa mucho mejor que yo:
"Respecto a lo de la comunicación, no te hagas ilusiones, que tampoco cuando hablas se entera nadie de lo que dices. Todo el mundo está pensando en lo que va a decir y a lo sumo te atribuirán lo que se imaginen que siendo tú (o sea lo que ellos piensan de tí) podrías haber dicho o lo que les convendría que
hubieras dicho para hilvanar mejor lo que quieren decir ellos."

Laura dijo...

Genial la reflexión. Iba yo pensando en qué contestarte para quedar estupendamente y soltarte todo lo que en mi cerebro hay en torno a este tema, pero vamos igual mejor no digo nada y lo vuelvo a leer. Saludos.

Cigarra dijo...

Bueno, qué alegría, escuchar unas vocecitas en el cuarto oscuro, y ver las llamitas de dos velitas...!
Luego me arrepiento de ponerme tan pesimista. A veces alguien escucha a alguien y hasta nos sentimos acompañados, que no es poco.

Javier dijo...

Cuando yo era pequeño, mi casa estaba en una calle comienzo de carretera nacional, por la que pasaban coches y camiones en abundancia haciendo un ruido de todos los diablos. En verano, con la ventana abierta por el calor, era ensordecedor. Recuerdo un día en que, tras el paso de un camión especialmente atronador que nos tuvo a todos medio minuto sin oir otra cosa que el rugido de su motor y el vibrar de los cristales, mi hermano Luis (esto va de hermanos, está visto) se asomó a la ventana y berreó a todo pulmón: ¡¡Aaaaaaaaa!! Y se quedó a gustísimo. Fue su respuesta a la Avenida de América. También él podía hacer ruido, hombre.

Lo digo porque yo escribo en mi blog por motivos prácticamente idénticos. Cuando el nivel de ruido molesto exterior llega al punto crítico, desahogo el cabreo acumulado con mi propio berrido, saco un post iracundo y me quedo más ancho que largo. Me ahorra horas de discusiones tediosas con tontos bienintencionados (con los malintencionados no me hablo) y me permite resumir en unas cuantas frases, de una sola vez, los cientos de puntualizaciones, distingos, refutaciones y puntos sobre las íes que me van surgiendo de la lectura del periódico, la escucha de la radio y el trato con mis semejantes (por llamarlos de algún modo, más quisieran algunos). Así me quedo tranquilo y me puedo dedicar a cosas serias con la mente despejada. Y, como diría Wodehouse, estoy un rato entretenido y no ando por los bares.

¿Comunicación? Bueno... Si alguien escucha, estupendo. Pero aunque no, yo me quedo igual de pancho, como Luis después del grito. He reivindicado mi derecho a formar parte de la batahola general. Y he ejercitado las cuerdas vocales, que se entumecen por falta de uso.

Cigarra dijo...

Si cantaras en un coro no te pasarían esas cosas.

Cigarra dijo...

¿y no te cansas de tener que ir mostrando siempre el camino recto a tanto descarriado, luz de mis ojos?

Vanbrugh dijo...

Me alegra que me hagas esta pregunta. No, no me cansa en ebsoluto. Pero si a alguien le cansa que lo haga en su blog, no tiene más que decírmelo, y me iré a hacerlo a cualquier otro.

Javier dijo...

No sé quién te ha dado vela en este entierro, Vanbrugh, pero hago mía tu respuesta.

Cigarra dijo...

¡Anda, chiquitines, no riñan, que para todos habrá!¡con la alegría que me da a mi ver comentarios en mi blog, y mas cuando son así de largos y de bien explicados!
Aparte de todo es una pena que no cantes en un coro, con el buen oído que tienes, y lo bien que se lo pasa uno, al margen del desahogo que proporcione. Eso por no hablar de las endorfinas que se producen a mansalva. Cuando sea mayor el niño, y tengas mas tiempo, te ficho para mis coros, el que tu prefieras.

Odd Librarian dijo...

Ustedes me perdonarán que opine un poquito sin ser hermano de ninguno de ustedes, pero tengo algo que contar. Resulta que a los 20 años, que es una edad en la que todavía se ven cosas nuevas, viajé al Reino Unido por vez primera, a eso de estudiar el inglés, y allí me alojé en casa de unos señores británicos que alquilaban cama y mesa y conversación a estudiantes extranjeros en verano. Coincidí en la casa con una chica japonesa, nueva también en el asunto de salir al extranjero, y conversábamos como podíamos en la cena, si se puede llamar cena lo que nos echaban de comer a media tarde en aquélla casa. La cosa es que la joven japonesa, Ikuko de nombre, no de pila que los sintoístas no se bautizan en pilas, me parece, la joven japonesa, decía, nos contó con gran asombro que nunca en la vida -ella era de pueblo, de pueblo japonés- había visto a nadie conversar como nosotros lo hacíamos (interrumpiéndonos, ignorándonos y avasallándonos). Nos contó el método japonés de comunicación. Dos japoneses. Uno habla. El segundo escucha. El primero acaba de hablar. El primero calla. El segundo reflexiona sobre lo que ha escuchado. El segundo habla, si tiene que añadir algo. El primero calla, mientras. El primero espera en silencio. Reflexiona. Sigue esperando. El primero vuelve a hablar, en el caso de tener algo más que añadir que sea mejor que el silencio... y así sucesivamente. Debo decir en mi favor y en apoyo de las teorías del señor Huntington que en dos semanas la joven Ikuko aprendió a conversar a la española, aunque en inglés, y que yo jamás he podido esperar a que mi interlocutor acabe una frase antes de interrumpirle con la idea que me fraguaba mientras él hablaba para las moscas, lo cual demuestra la superioridad de la Civilización Occidental frente a la Oriental. Hele.

Cigarra dijo...

¡Faltaría mas que usted no pudiese opinar en este blog, señor Librarian, siendo así que ha sido usted uno de los principales inductores a que me embarcase en la tarea!
Aquí siempre habrá una alfombra roja para recibirle y un plato de sopa caliente si lo ha menester.
Esa japonesa debe ser la misma de la que me contaste que, con ocasión de su llegada a la casa le ayudaste a llevar la maleta y extrañado por el peso le preguntaste si llevaba a su novio troceado dentro, con lo que le provocaste casi una crisis nerviosa ¿no es así?

alter dijo...

Mi abuelo escribió toda su vida.
Las cosas cotidianas.
Lo que pensaba, decía mi abuela que escribía mi abuelo.
Hasta que, hace ya 27 años, murió.

No conservamos ninguno de esos textos.
Nadie sabe qué fue de ellos y sólo tenemos la sospecha de que, durante una remodelación en la vieja casa de mis abuelos, acabaron en la basura o emparedados en algún lugar del techo.
Qué empujaba a escribir a mi abuelo, un hombre de campo, de buena pero limitada educación, cada día. ¿Fue un poeta?, ¿un Pla de la meseta castellana, que retrató a su gente?, ¿o un simple labrador que anotaba el día a día con simpleza y prosa basta, más que el papel con que contaba?.
Mi abuelo, al que no recuerdo y del que sólo oigo historias contradictorias y vagas, difuminadas por el tiempo y el olvido.
Lo que a él le hacía escribir, eso no era nada de la pueril ansia de reconocimiento, fama o diarrea digital que vivimos.
Pero cómo saberlo.

Por cierto, gracias, me has inspirado con tu texto :)

Odd Librarian dijo...

Va de japonesas: no, no es la misma. Es otra historia, años más tarde, cuyos detalles me impide relatar el pudor; sólo contaré que por circunstancias me vi empujando una grandísima maleta samsonite escaleras arriba de una casa inglesa, y pregunté a media escalera a la chica japonesa si llevaba dentro a su novio (lo de troceado nunca se me ocurrió, creo que ve vd. demasiado gore, Doña) y la chica se azoró tanto que le cambió la color y se puso feísima (como naranja, que es lo que le pasa a uno amarillo cuando se pone colorado). Le pedí disculpas como pude y la chica no dejó en toda la tarde de mirarme con susto (cuando una japonesa mira con susto no abre mucho los ojos, que lleva siempre medio cerrados, pero a mí me parecía cara de susto). Ahí quedó la cosa, nunca conocí el contenido de la samsonite, pero no digo yo que no vaya a escribir una tarde algo más extenso sobre mis experiencias británico-japonesas, esas.

Cigarra dijo...

Ay, Alter, eso si que es una pena enorme. Lo maravilloso que sería poder leer esos textos.
Yo soy una nostálgica terrible de lo antiguo (creo que se me nota un poquito) y ante una foto sepia o un objeto antiguo me quedo enganchada. ¡No digamos unos escritos, hechos día a día, reflejando la vida cotidiana!
Pero si nos ponemos a pensar en esa clase de pérdidas, se nos cae el alma a los pies. ¿Por qué habrá gente que tira cosas con tanta facilidad, sin preguntar primero?

Cigarra dijo...

Pero Odd Librarian, ¿usted estuvo en Londres coincidiendo con algún desembarco japonés o algo así?
No me digas que la historia no gana morbo si el novio de la chica va troceado en la maleta. Yo comprendo que así a ella le sería de menos utilidad, pero literariamente es mucho mejor. (Es que acabo de leer una de Andrea Camilleri, y no veas cómo se me ha puesto de sangre el "living", como diría Libertad)
Y déjate de pudores, y cuenta, cuenta los detalles, qué caramba.

Odd Librarian dijo...

No pienso entrar en detalles que ofendan a la moral o las buenas costumbres. Además, este post redundante versaba sobre la comunicación o incomunicación, según se mire, aunque mis meandros serpenteen no sé por qué hacia mis recuerdos británicos, de los que por cierto tengo otro, quizá sobre incomunicación. Un día voy y los escribo todos de seguido.

Me alojaba yo en casa de unos ingleses, al norte de Londres, cerca de donde tienen enterrado a Don Carlos Marx cerca de un frenopático famoso, y llegó a alojarse allá también (en la casa, no en el frenopático) una joven japonesa. La cena de la primera noche, sentados a la mesa los jubilados ingleses, un alemán, una japonesa y un servidor; de cena, pescaíto frito con patatas (fish & chips lo llaman allá) y en esto que la joven , cuyo nombre olvidé, comienza a dejar caer por su cara unos lagrimones silenciosos. La señora de la casa, o land lady, pregunta qué le pasa, y la chica, anaranjadísima, le dice que ella no come patatas, que en su pueblo eso es los que les dan a los cerdos. Me dió cosa comérmelas yo (las patatas) pero , ahora con la edad, creo que habría sido lo mejor.

Cigarra dijo...

¡Huy qué risa! Lo mismito le pasó a mi amiga Amelia, sólo que ella era más desenvuelta, y en lugar de llorar, dijo lo mismo ante una mazorca de maíz hervida: "Esto en mi país lo comen los animales". Y lo dijo en el tono inequívoco de "Ya se lo pueden comer ustedes y darme a mí comida de personas, so asnos". Pisando fuerte en Inglaterra, desde la Armada Invencible.

Franziska dijo...

La opinión de tu hermano es perfecta. Sobre ese tema hice yo un trabajo y justificaba en él por qué escribía. Lo voy a buscar y lo publicaré. El problema es que no nos escuchamos porque en este país el que quiere escuchar a los demás, jamás se le permite que manifieste sus propias opiniones. Cuando escribes te arriesgas a que nadie lo lea pero cuando hablas, puedes tener la seguridad de que nadie te escuchará más allá de las diez primeras palabras...

Anónimo dijo...

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