En un suplemento dominical de días pasados se cuenta la hazaña de un muchacho africano, de Malawi, que ha conseguido crear un generador de electricidad siguiendo las instrucciones de un manual en inglés, que iba descifrando con ayuda de un diccionario. Impresionante. Porque el generador funciona y está proporcionando electricidad a sus vecinos. Con un molino de viento, fabricado a partir de una rueda vieja de bicicleta. Formidable.
Se puede leer la historia completa aquí
http://www.elpais.com/articulo/portada/joven/hizo/luz/Africa/elpepusoceps/20080914elpepspor_2/Tes/
Pero aparte de la admiración infinita que suscita una inteligencia natural de ese calibre, me gustó fijarme en este párrafo:
"...William Kankwamba no quería destacar. Deseaba hacer algo más útil. Encontró el camino en la biblioteca de la escuela de Kanchocolo, como cuenta él mismo en un libro que está terminando con su experiencia y que se titula El niño que utilizó el viento. Por suerte, el suyo no era uno de tantos colegios cerrados en Malawi por ausencia de profesorado. El sida, por ejemplo, ha matado ya a 80.000 maestros y muchos centros han tenido que cerrar por ello.
La bibliotecaria puso en sus manos algo que cambiaría su vida: un manual práctico que se titulaba Using energy. En él se explicaba el funcionamiento de un invento del que William nunca había oído hablar: los molinos de viento..."
Ustedes me van a perdonar que arrime el ascua de modo descarado a mi terreno, pero qué quieren, me emocionó pensar que había sido en una biblioteca, y de manos de una bibliotecaria, donde encontró la inspiración este genio. Cosas así hacen que una se sienta orgullosa de su profesión, cuando en el día a día, muchas veces sentimos que nuestro trabajo no vale para gran cosa, y que la inmensa mayoría nos considera bastante superfluos. Con uno que haya así de vez en cuando, nos sentiremos plenamente recompensados.