
"Yo tenía idea de hasta qué punto en la generalidad de los ingleses la falta de interés por lo objetivo, salvo excepciones o casos concretos, y el hábito de no hablar a los demás, ni aun a sí mismos, de aquello en que tienen interés, dan por resultado que tanto sus sentimientos como sus facultades intelectuales queden sin desarrollar, o se desarrollen únicamente en una sola dirección y muy limitada, reduciéndolos, en cuanto seres espirituales a una especie de existencia negativa. No he percibido todo esto hasta mucho después; pero entonces ya aprecié el contraste entre aquella franca sociabilidad y aquella amabilidad (la de los franceses) y el modo de vivir inglés, en que cada cual obra como si todos los demás - con pocas o ninguna excepción - fueran un enemigo o un estorbo"
(Esto es objetividad y lo demás tonterías. Y que conste que me encantó Londres.)