"El levantamiento del 2 de mayo no surgió a consecuencia de un plan preparado por los españoles, sino que por el contrario, fue provocado por Murat, que para intimidar a todo el país ideó astutamente la manera de producir una explosión de violencia en la capital. Ese día el hermano y el hijo menor del rey Carlos, que hasta entonces habían permanecido en Madrid, tenían que salir para Bayona. La salida del país de los últimos miembros de la familia real en tales circunstancias no podía menos de impresionar fuertemente a un pueblo cuyos sentimientos habían sido cruelmente torturados durante los últimos meses. El Consejo de Regencia recomendó encarecidamente que la salida del infante fuera de noche, pero Murat insistió en que sería a las nueve de la mañana. Mucho antes de esa hora la espaciosa Plaza de Oriente estaba llena de gente del pueblo. Al aparecer los príncipes vestidos con ropas de viaje, hombres y mujeres rodearon los carruajes y, cortando los tirantes que los unían a los caballos, se mostraron resueltos a impedir su marcha. Un edecán de Murat, que se presentó en aquel momento, fue instantáneamente agredido por la muchedumbre y hubiera caído allí mismo, víctima de la furia popular de no ser por la ayuda que le prestó la fuerte guardia francesa que estaba estacionada cerca de la casa del General. La guardia formó inmediatamente y recibió la orden de hacer fuego sobre el pueblo.
Mi casa no estaba lejos del Palacio, en una calle que conduce a uno de los principales centros de comunicación con la parte mejor de la capital. La primera noticia del tumulto nos la trajo un tropel de gente que pasó gritando: "¡A las armas!" Aunque oí decir que los franceses estaban disparando sobre el pueblo, esa atrocidad me pareció tan enorme y tan impolítica que no paré hasta salir a asegurarme de la verdad. Apenas había llegado a la llamada Plazuela de Santo Domingo, donde confluyen cuatro grandes calles, una de las cuales lleva a Palacio, cuando oí el redoble de un tambor francés en esa dirección y me paré junto con un buen número de gente formal y pacífica a los que la curiosidad había llevado al mismo lugar. Aunque vimos avanzar rápidamente sobre nosotros a un fuerte piquete de Infantería no podíamos imaginar que corrieramos peligro alguno. Con esta equivocada idea esperamos que se acercaran, hasta que al ver que los soldados hacían alto y preparaban las armas, nos dispersamos en un santiamén. Inmediatamente sonó una descarga de fusilería y un hombre cayó a la entrada de la calle por donde yo y otros muchos íbamos corriendo. Este inesperado ataque, para el que no habíamos dado ningún motivo, nos hizo temer que podíamos caer victimas de una matanza general, por lo que buscamos refugio en las callejuelas que se encontraban a ambos lados de nuestro camino. Yo corrí hasta mi casa, y tras cerrar la puerta de la calle, no encontré mejor solución, dado mi gran sobresalto, que dedicarme a hacer cartuchos para una escopeta que tenía.

El fuego de fusilería continuaba oyéndose en varias direcciones. Poco después se oyeron también cercanos disparos de cañón, que aumentaron más nuestra alarma. Estas grandes piezas estaban situadas en un Parque de Artillería que el Gobierno español mantenía con gran negligencia y sin objeto definido en aquella parte de la ciudad. Murat había puesto a todas sus tropas sobre las armas y, al determinar los puntos que tenían que ocupar, no había olvidado este Parque. Una fuerte columna francesa se aproximó a él por una calle que llevaba directamente a la puerta de entrada, en la que el capitán Daoiz, paisano y amigo mío, que era el oficial de mayor graduación en servicio, había colocado dos grandes piezas cargadas de metralla. Resuelto a morir antes que rendirse y acompañado en esta determinación por unos cuantos artilleros y algunos soldados de infantería al mando de Velarde, otro patriótico oficial, causó tremendo estrago en la columna francesa, hasta que, dominados por el número, cayeron aquellos dos bravos defensores de su patria, el último muerto y el primero gravemente herido. El silencio de las armas nos hizo sospechar que las piezas de artillería habían caído por fin en poder de los asaltantes y unos cuantos rezagados que pasaron por allí nos confirmaron esta suposición.

...Poco después del comienzo del tumulto, dos o tres columnas de la Infantería francesa entraron en Madrid por puertas diferentes y se apoderaron de la ciudad. La columna principal pasó por la calle Mayor, donde las casas de cuatro o cinco pisos facilitaban a los vecinos la mejor manera de descargar su venganza sobre los soldados franceses sin exponerse al peligro de sus armas. Los que tenían fusiles los disparaban desde las ventanas, y los demás arrojaban sobre los soldados tejas, ladrillos y muebles pesados. Pero los franceses consiguieron ocupar todos los lugares estratégicos de la capital y su artillería llenó de pánico a la alborotada multitud. Los soldados entraron a saco en algunas casas desde las que habían disparado contra ellos, y la caballería empezó a hacer prisioneros a los que no se habían puesto a salvo a su debido tiempo. Como el pueblo madrileño había dado buena cuenta de todo soldado francés que habían encontrado desarmado por las calles, la represalia hubiera sido espantosa si las autoridades españolas no hubieran obtenido un decreto de amnistía que leyeron en las partes más alborotadas de la ciudad.
Pero Murat pensó que su objetivo quedaría incompleto si no hacía un escarmiento ejemplar en cierto número de revoltosos de las clases bajas. Como la amnistía excluía a todos los que encontraran con armas, las patrullas de caballería que vigilaban las calles empezaron a registrar a todos los hombres que encontraban a su paso y, tomando como pretexto para su vil y cruel propósito las navajas que nuestros artesanos y trabajadores suelen llevar en el bolsillo, llevaron a cien de ellos a ser juzgados en un consejo de guerra o, en otras palabras, a ser asesinados a sangre fría. Esta terrible ejecución, tal vez el hecho más negro que ha manchado el nombre francés a lo largo de su campaña de conquistas, tuvo lugar a la caída de la tarde. Un supuesto tribunal de oficiales franceses, después de asegurarse que no había ninguna persona importante entre los condenados, ordenó que fueran sacados del Retiro, lugar de su breve prisión, y llevados al Prado para ser fusilados por los soldados.

Recordando esta lectura, recorrimos aquellas calles, escuchamos las campanas de la Iglesia de San Ildefonso, tocando a rebato, nos tomamos unos cafés en el "Manuela", y ya de vuelta a casa, la guinda final del día la puso un padre que iba con su hijo, de unos 7 u 8 años por la calle de Manuela Malasaña, contándole: "...y corrían gritando ¡Muerte a los franceses!".
En los cristales de este balcón se reflejan las campanas de la Iglesia de San Ildefonso, repicando a rebato.