lunes, 19 de abril de 2010

Crónicas Siriacas III.

Tercer Día. Martes

Amanecemos en Hama, arrullados por las voces de los muecines que llaman a la oración a los buenos musulmanes. Nosotros, afortunadamente, podemos darnos la vuelta en la cama y seguir durmiendo hasta horas más prudenciales.

Pero no hasta muy tarde, porque nos esperan las famosas norias que suben agua del río Orontes hasta las canalizaciones que convierten toda la comarca circundante en un vergel de vegetación.









Estas norias datan de la Edad Media, y de entonces se conservan 16, todavía en activo. Tenemos mala suerte, porque a pesar de estar en primavera el Orontes (el río rebelde, que corre de sur a norte) no lleva suficiente agua para que las podamos ver girar y escuchar su chirrido.









Estas norias que dan fama a la ciudad son una parte más de la riquísima herencia que los árabes recibieron de la antigüedad y transmitieron a toda la cuenca del Mediterráneo. En esa cultura de sabio aprovechamiento del agua se basan nuestras huertas levantinas, y rememorando esa herencia, cuando tuvo lugar la Expo de Zaragoza dedicada al agua, en 2008, se construyó y colocó a orillas del Ebro una auténtica noria siria de 16 metros de diámetro, construida por artesanos sirios siguiendo la tradición de sus antepasados. Fabricada enteramente en madera, excepto algunos clavos, precisa de cinco clases distintas de árboles: castaño, nogal, albaricoquero, chopo y morera, y está hecha totalmente a mano. Según cuenta un artículo publicado en la revista Técnica Industrial “No se usan planos, ni croquis, ni apuntes, ni nada, todo se hace según la tradición transmitida oralmente” La noria se fabricó en Siria, se trajo desmontada a España y se volvió a montar en Zaragoza y a su alrededor se plantaron siete ejemplares de cada uno de los cinco tipos de árboles que habían sido utilizados para construirla. Un testimonio más de los lazos que tienen en común las orillas más distantes del Mediterráneo.







Un minarete detrás de una noria










Las norias que hay junto a la mezquita construida por el sultán Nur al Din Zangui, o Nuredin en el S. XII
















Desde Hama, subimos un poco más hacia el norte, siguiendo el río más o menos, hasta Apamea, donde se conservan unas ruinas romanas extraordinarias. Apenas se ha excavado un 5% de lo que se supone que puede haber debajo de la tierra, pero lo que se ha sacado a luz da idea de la importancia de aquella ciudad. Lo más famoso y llamativo es la columnata que se extiende en línea recta a lo largo de casi dos kilómetros



Este Cardo Máximo que va de norte a sur, es aún más largo que el de Palmira, aunque aquí no se conservan tantos edificios en pie, y de una anchura excepcional pues la calzada central tenía 22,5 metros, y con los pórticos laterales llegaba a los 37,5 m.









En Apamea podemos ver las primeras amapolas florecidas de esta primavera. En nuestras latitudes aún se harán esperar algo más. Y con más motivo, este año que hemos padecido un invierno tan largo y tan antipático.




Se puede tener una idea bastante aproximada de la gran extensión que pudo tener la ciudad buscándolo en Google Earth en las coordenadas 35º25’00,94’’N / 36º24’05,82’’ E. En la fotografía por satélite se aprecia perfectamente por dónde iba la muralla que rodeaba la ciudad








Nuevamente nuestro guía Ahmet hace alarde de erudición y lo mismo nos hace un cuadro general de la importancia que pudo tener esa ciudad en época romana, como nos hace prestar atención a los detalles de los capiteles, de las columnas o de los relieves caídos entre la maleza.




Al final de la columnata, en el extremo más próximo a la puerta sur de la ciudad, reponemos fuerzas tomando unos refrescos en un bar y vemos a unas lugareñas que, con un horno muy sencillo, fabrican una especie de pizzas a la siria, unas tortas de pan untadas con una pasta roja (el color es más debido al pimentón que al tomate, deducimos) que no sabemos muy bien lo que tienen, pero están buenísimas, así recién hechas y nos las comemos con gran contento, porque la hora de comer ya está cerca y hoy hemos madrugado mucho.







No es cosa de desaprovechar los medios de transporte: en esta moto viajan el padre y tres hijos.




Por los arcenes de las carreteras vemos pasar rebaños conducidos por pastores que parecen salidos de un Nacimiento




Los sirios son muy aficionados a decorar sus vehículos, tanto los autobuses de pasajeros, como las cisternas que utilizan para transportar agua.





Después de comer seguimos viaje hacia una zona que se extiende por el noroeste del país, el llamado “Macizo calcáreo” donde se encuentran las ruinas de un gran número de ciudades que se despoblaron totalmente en época bizantina, en parte debido a los terremotos pero sobre todo, por el temor ante las invasiones sasánidas de los siglos VI y VII de nuestra era. Es una zona muy extensa de unos 40 km de ancho por 150 km de largo, que en esos siglos de expansión del imperio bizantino llegó a estar muy poblada, pues se encuentran ruinas de más de 500 núcleos de población, y lo más notable es que en algunos casos se han conservado los edificios sorprendentemente bien, lo que ha motivado que se llamen las “Ciudades Muertas”, ya que dan la impresión de haber sido abandonadas súbitamente.





Aquí vemos los que queda de lo que fue una almazara o molino de aceite, con los depósitos excavados en las piedras





Y en este mural la explicación de cómo debía ser cuando estaba en funcionamiento




En Serjilla, la que nosotros visitamos, hay bastantes casas que conservan los muros exteriores, e incluso cúpulas, arcos, almazaras, conducciones de agua, un edificio de baños y enterramientos. Subimos y bajamos por esas piedras inhóspitas (las del suelo) y asombrosas (las de las casas) entre un vientecillo cada vez más frío, aunque el sol aún calienta.




Como llegamos a Alepo a una hora razonable nos vamos a dar una vuelta por los zocos, que son un dédalo de 14 km. de calles, callejas y callejuelas cubiertas por bóvedas de piedra en las que se puede comprar casi cualquier cosa.


Incluso un regalo especialmente pensado para la suegra. Lo que no sabemos es si es para emplearlo en ella, o para que ella lo emplee en quien juzgue conveniente. Lo que está claro es que estos comerciantes están preparados para compradores de todas las nacionalidades y para cualquier necesidad.



Y con el aroma penetrante y delicioso de mil especias desconocidas que nos dan a probar en pizcas, nos despedimos del Zoco de Alepo, pero solo porque se ha hecho de noche y hay que volver al hotel. Nos proponemos volver mañana con más tiempo y descubrir todas sus posibilidades.




El caso es que hay que coger otros dos taxis para volver, ¡y no llevamos escrita la dirección del hotel! Pero no hay problema, tenemos el panfleto donde pone claramente Hotel Dedeman y una foto. Solo que el taxista no entiende los caracteres latinos, y la foto no es del hotel, sino de la Ciudadela, adonde nos deposita, diligente. Nosotras asomamos la cabeza y decimos: “No, no, esto no es” Y entonces caemos en la cuenta de la confusión con la foto. El no sabe una palabra de inglés, nosotras nada de árabe, entonces recordamos que en la tarjeta de abrir la habitación hay una foto del hotel y el da muestras de reconocerlo. Dice “Ah, ah, Sabasham” o algo así. Y nosotras, “Que no, que no, que Dedeman” Se para en una tienda, sale un muchacho que sabe inglés y asegura que si, que si, que Sabasham está bien. Nosotras, que habíamos apalabrado la carrera en 100 libras, ya no sabemos si nos va a llevar a nuestro hotel o a dónde. Aurora dice: “Si nos deja en cualquier hotel, le damos las 100 libras y nos bajamos. Y si nos deja en el nuestro le damos 200 ¿vale?” Resulta que es que el hotel ha cambiado de nombre; antes era el Saba Cham Hotel y ahora es Dedeman, y el taxista sabía lo que se pescaba. Nos ponemos tan contentas de vernos en nuestro destino que le atizamos las 200 libras, y ahí viene lo mejor: el taxista ¡no nos quiere coger nada de dinero! Como para no creérselo. Al final le insistimos tanto que coge el dinero y se va tan contento, diciendo “Shukran, shukran” (gracias). Los del otro taxi tienen una aventura parecida, porque su taxista tira por la calle de en medio y opta por ir pasando por los hoteles típicos de turistas, hasta que a la tercera, acierta con el que es. En cualquier caso, la experiencia con los taxistas sirios, aunque algo aventurera, resulta satisfactoria.
Y con tantas emociones caemos en nuestras camas con auténtica gratitud. ¡Hasta mañana!

miércoles, 14 de abril de 2010

Crónicas Siriacas II, o Las Seis y Una Noches

Segundo Día. Lunes. Palmira
En nuestro segundo día de viaje vamos a visitar las ruinas de Palmira, esa ciudad que llegó a desafiar a Roma bajo el mandato de su reina Zenobia. Empezamos la visita por la necrópolis exterior, una amplia zona de tumbas donde predominan dos tipos de enterramientos: las Tumbas-Torre y los Hipogeos.



La mayor parte de las tumbas-torre están derruidas pero algunas se conservan bastante bien. Como es el caso de la Torre-Tumba de Elhabel. Es una construcción formidable, de tres pisos y sótano, con capacidad para casi 300 enterramientos en nichos como columbarios en las paredes. Por la parte de atrás se puede bajar al sótano donde eran enterrados los esclavos y criados de la familia.






Subimos hasta el piso superior, desde cuya ventana las vistas son imponentes. En la torre quedan algunas esculturas de la primitiva decoración, que permiten darse cuenta de la calidad de los artistas y de las peculiaridades del arte palmireño, que puede confundirse con el romano, pero tiene sus características particulares. La mayoría de los bustos y esculturas que decoraban estas tumbas están conservados en el Museo Arqueológico de Damasco.






Vista de la necrópolis en primer término y al fondo, las ruinas de la antigua Palmira y el oasis que hace posible la vida en este lugar.





También visitamos un hipogeo, o tumba subterránea, llamada “de los tres hermanos”, que conserva algunas esculturas, pero sobre todo, unos frescos notables, de estilo clásico pero muy expresivos. (Hay un estudio muy bueno, detallado y con excelentes imágenes en el trabajo de Gloria Mora en: http://www.studentals.com/1.pdf. Es interesante porque dentro de la tumba no dejaban sacar fotos con flash)




Una camella con su cría



De la necrópolis vamos a las ruinas de la ciudad propiamente dicha. Es enormemente grande, y se conserva bastante en pie, si consideramos la antigüedad de estas ruinas y que han sobrevivido a calamidades, guerras, invasiones y terremotos.
Lo primero que visitamos es el Templo de Bel. Sus proporciones son desmesuradas, ya que encerraba no solo la Cella, la capilla para los dioses, sino también avenidas, altares para los sacrificios, columnatas, y todo ello rodeado por muros, de los cuales algunos se conservan aún en pie, sobre todo porque en época árabe se reutilizaron muchos materiales antiguos para convertir el templo en fortaleza. Esta fortificación es la que desvirtuó la antigua fachada, que aparece enmascarada por muros que la cierran. Según parece Bel es el mismo Baal que menciona la Biblia. Y la terminación “el” que indica relación con la divinidad, es la misma que forma parte de los nombres Israel, Miguel, Rafael, Gabriel, etc.


Allí nos sentamos a la sombra de unas columnas para escuchar las explicaciones de Ahmet, y el tiempo parece detenerse. Aunque es temprano, sólo son las 9,30, el sol ya aprieta; en las ruinas hemos pasado calor y aquí, a la sombra corre una brisa fresquita, se oye piar a los pájaros, hay una gran tranquilidad entre todas estas piedras caídas, junto a muros que están en pie hace mas de 2000 años, y durante un rato contemplamos tanta historia y tanta belleza juntas. Un momento para recordar.




En este resto de torre defensiva se puede comprobar cómo durante la época árabe se reutilizaron materiales (tambores de columnas caídas) como elementos para construir nuevos muros.



En los muros que siguen en pie observamos una gran cantidad de agujeros, como si hubiesen sido tiroteados; pero si nos fijamos, todos los huecos coinciden con las uniones de dos o más piedras. Ahmet nos explica la técnica utilizada por los constructores para fijar los grandes sillares unos con otros: horadaban el centro y metían un núcleo de metal fundido por las junturas, que al solidificarse actuaba como espiga. Pero los conquistadores posteriores, llevados de la codicia, horadaron sistemáticamente los muros para extraer el metal y reutilizarlo en sus armas. Por eso los huecos se sitúan en las junturas de las piedras.



También nos hace fijarnos en multitud de detalles que nos pasarían desapercibidos, sobre las canalizaciones, tanto para el agua potable como para el alcantarillado, los altares ceremoniales para los sacrificios de animales, la capilla principal o Cella, donde se guardaban las estatuas de los dioses, y que, a diferencia de los templos griegos o romanos, no tiene la entrada por uno de los lados más estrechos, sino por el lado más ancho, abierto hacia el este, y al final de una rampa de acceso, que aumenta su monumentalidad. Como suele ocurrir este recinto fue reconvertido más tarde, primero en iglesia cristiana, luego en mezquita; la humanidad tiende a considerar sagrados los mismos lugares durante siglos, aunque cambie el nombre de sus dioses.
Hay una página interesante sobre la reina Zenobia donde citan la siguiente referencia:
Al regresar Aureliano a Roma, construyó un templo dedicado al dios sol, colocando en él las estatuas del dios sol que se había llevado del Templo de Palmira. La revista History Today comenta lo siguiente sobre este tema: “La acción de Aureliano que mayor repercusión tuvo tal vez fue la instauración, en el año 274 d. de C., de la fiesta anual del sol, que caía en el solsticio de invierno, el 25 de diciembre. Cuando el imperio se hizo cristiano, el nacimiento de Cristo se transfirió a esa fecha para que las personas a las que les gustaban las fiestas antiguas encontraran más aceptable la nueva religión. Es curioso pensar que en última instancia es a la emperatriz Zenobia a quien se debe el que la gente celebre la Navidad en esa fecha”.



El oasis que rodea Tadmor, la ciudad moderna, y las ruinas de Palmira, visto desde el Templo de Bel
Cuando la ciudad cayó y llegó su decadencia, las ruinas fueron utilizadas por los beduinos de la zona, que edificaron un pueblo dentro, hasta que durante el gobierno de los franceses, a principios del S. XX, éstos desalojaron a los beduinos para iniciar las excavaciones, y los realojaron en la ciudad moderna, Tadmor, que ha crecido junto al oasis de Palmira. En la actualidad Tadmor tiene más de 50.000 habitantes.



Lo más llamativo, aparte del inmenso Templo de Bel, es la columnata que recorre el Cardo Máximo, la arteria principal de la ciudad. La parte mejor conservada, de unos 1200 metros de longitud, comienza en un Arco Triunfal y termina en el Tetrapilos, cuatro grupos de cuatro columnas. Como la ciudad no fue creada de nueva planta por los romanos, sino que tuvieron que adaptarse a un trazado preexistente, el Cardo Máximo hace varios cambios de dirección en su longitud, y en el Arco Triunfal que se conserva en pie se observa un curioso subterfugio para mantener la monumentalidad del conjunto. Las dos fachadas de este arco no son paralelas, sino que forman un ángulo de 11º para que cada fachada quede perpendicular al tramo de avenida que parte hacia un lado y otro del Arco. Esto se observa con toda claridad buscando el enclave en Google Earth (34º 32' 59''N -- 38º16'15''E) en la fotografía por satélite.


Ahmet, nuestro guía, complementa sus explicaciones dibujando croquis en el suelo




Son características de Palmira las columnas, altísimas, con ménsulas a medio fuste, que al parecer servían para colocar estatuas de ciudadanos ilustres: militares, gobernantes, funcionarios (¡Una ciudad donde se hacen estatuas a los funcionarios es evidentemente una ciudad con alto nivel de civilización!) con inscripciones que dedican y nombran las estatuas. Existen inscripciones bilingües en palmireño y latín o griego, que han permitido interpretar y traducir este idioma. Vemos el Arco Monumental, las termas, el Santuario de Nebo, el lugar donde estaba el Senado (que como bien explica Ahmet, no es un invento romano. Cualquier cultura que reúne a sus mayores para que guíen y gobiernen a la comunidad, tiene un Senado constituido) y el Teatro, que sin ser tan monumental como el que tenemos en Mérida, por ejemplo, está bastante bien conservado. Como sucede siempre en estos teatros la acústica es impresionante.




La columnata desde el Tetrapilos. Al fondo el Arco Triunfal


Almudena aceptó la invitación de un camellero para recorrer el Cardo Máximo
a lomos de "el navío del desierto"



Castillo árabe que domina las ruinas de Palmira, Qalat Ibn Ma'an



Palmira con su oasis al fondo, desde el Castillo Qalat ibn Ma'an



Qalat ibn Ma'an




Nos despedimos de Palmira reponiendo fuerzas para seguir viaje hasta Hama


Proxima etapa: Hama, la ciudad a orillas del Orontes, famosa por sus norias.