domingo, 2 de mayo de 2010

Crónicas Siríacas V. El Krac de los Caballeros

Quinto Día. Jueves Santo
Salimos de Alepo un poco tarde, pasadas las 9,30 y nos ponemos en ruta hacia el Krac de los Caballeros. En lo alto de un cerro (según parece, un antiguo volcán apagado) que domina el valle que sirve de corredor para la ruta que une la costa con el interior del país, se levanta una mole impresionante, un castillo dentro de otro, con un aspecto tan inexpugnable que no es de extrañar que los cruzados consiguieran mantenerlo en su poder durante casi 200 años. Por cierto que la Wikipedia dice que lo construyeron los cruzados y no es exacto. Es de construcción árabe anterior a las Cruzadas, pero los caballeros cristianos lo reforzaron y reconstruyeron dándole el aspecto que ha conservado a través de los siglos.


El estado de conservación del Castillo es extraordinario. Por supuesto es una de las joyas turísticas del país, pero da la impresión de no haber sufrido mucho desde 1271 en que el Sultán Baibars consiguió arrebatársela a los cruzados mediante una estratagema: Según los historiadores árabes, se valió de una paloma para enviar una carta falsa al castillo. El mensaje decía venir del Gran Maestre de la orden hospitalaria y ordenaba la rendición de la tropa, pues no era posible enviarles hasta allí socorro alguno. La orden fue obedecida y Baibars pudo capturar la fortaleza. Además, concedió caballerosamente a la guarnición un salvoconducto para que se trasladaran hasta Trípoli, donde pudieron embarcarse a salvo.







Entrando por la rampa de acceso al castillo se van encontrando puertas, recodos, rastrillos, lugares pensados para la defensa que hacen evidente la dificultad de tomarlo por la fuerza. Pero incluso si se consigue superar el primer foso y tomar el recinto exterior, el atacante se encuentra ante un segundo foso y una fortaleza aún más inexpugnable que forma un recinto interior. (Se aprecia la estructura en la foto por satélite en Google Earth: 34º45’25’’N / 36º17’40’’E)











Las proporciones de todo el edificio son descomunales. Hay cuadras abovedadas, en las que aún se pueden ver las hendiduras en la piedra, desgastada por las cuerdas de atar a los caballos, donde se podían cobijar 4000 caballos. Y los almacenes podían guardar provisiones para una guarnición de más de 2000 hombres durante varios años. Teniendo aljibes y pozos para proveerse de agua, la resistencia podía ser indefinida. Me propongo releer el libro de Amin Maalouf “Las cruzadas vistas por los árabes” a ver qué cuenta de este castillo.







Una de las cuadras




La piedra desgastada por las cuerdas de atar los caballos



Una vista del valle que se domina desde el Krac

Deambulamos por ese laberinto de corredores, salas, rampas, torres, murallas, el foso interno, el lugar donde estaban los baños, lo que refrenda el origen árabe de la construcción. Me da la impresión de que aquellos cristianos no eran muy de lavarse, y si acabaron haciéndolo, es porque lo aprendieron de sus enemigos.



Esta estancia abovedada en forma de palmera con un pilar central recuerda algunas construcciones de Templarios en todo Occidente, especialmente en el Camino de Santiago. (Iglesia de Eunate, San Baudilio de Berlanga, Iglesia de la VeraCruz en Segovia) ¿Estarán influenciadas unas por otras? ¿Aprenderían los templarios ese tipo de estructura en estas tierras?


Un foso considerable separa la muralla exterior del castillo interno, duplicando la dificultad de la conquista para cualquier asaltante






Esta mole, que por si sola sería un castillo imponente, es la fortaleza interior, para llegar a la cual había que franquear la muralla externa y el foso intermedio


Y para aumentar la dificultad, las piedras estan imbricadas como ripias o tejas, de modo que la superior se solapa sobre la inferior, no dejando ningún escalón por donde trepar. Cuando no hubiera plantas en las rendijas, por ahí sólo podrían subir las lagartijas. Sin contar con los defensores de arriba, que estarían calentando el aceite. Una invitación para entrar


Los que no tenemos vértigo ascendemos a la muralla exterior y la vamos recorriendo por todo el flanco occidental del castillo, de sur a norte, hasta la torre llamada “de la hija del rey”. Las damas se ven auxiliadas por varios espontáneos (que esperan propina, evidentemente)




Las vistas de los valles circundantes y en la lejanía las montañas del Antilíbano son una maravilla. Todo el conjunto desprende ese encanto de los edificios medievales, que sugieren películas de caballeros, torneos, batallas, y nos sentimos transportados a otras épocas.



La torre noroccidental llamada de "La hija del Rey"






De la muralla exterior descendemos al foso interior y entramos en la fortaleza interna, donde estaban las salas principales, los almacenes para las provisiones, las cocinas (quedan restos de un horno inmenso) y las zonas nobles, que por desgracia, no podemos apreciar en todo su esplendor, porque están rodando una película sobre Cleopatra. ¿Qué demonios pueden tener que ver los egipcios ni Cleopatra con un sitio como éste, ni una construcción así? Para ello han tenido que montar decorados y tabiques de madera que desvirtúan bastante algunas de las salas.




Afortunadamente la mayor parte del castillo está libre de decorados.




En el suelo quedan los huecos donde se asentaban las grandes tinajas para almacenar las provisiones: los granos, el aceite, todo lo necesario para resistir asedios durante meses e incluso años.



Restos de una de las grandes cocinas con hornos gigantescos





Salas abovedadas para alojamiento de los caballeros



El minbar de la Mezquita


La antigua iglesia, convertida en mezquita por el sultán Baibars, se conserva a salvo de los peliculeros, y allí, un muchacho de los que deambulan intentando vender cosas a los turistas, nos hace una demostración de la llamada del muecín a la oración: se pone de frente al mihrab, la hornacina en el centro de la pared principal, que recoge su voz y la difunde por todo el recinto, y lanza su canto: “Allahu akbar!. La Illah Illallah, Mohammed rasul Allah!” (Que viene a ser: “Alá es grande. No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”) Aldo hubiera estado encantado, porque me da la impresión de que todo son melismas (si es que me he enterado de lo que son los melismas) el caso es que canta divinamente y nos deja a todos en suspenso escuchando.




La Torre de la Hija del Rey por el lado interior que da sobre el patio de armas.







Y ya nos vamos yendo por esas rampas enormes que dan acceso desde la puerta principal













Como el Krac está en un cerro bastante empinado, la bajada por la carreterilla de curvas y contracurvas, tiene lo suyo. Hasta que en un recodo, como era de temer, zas, cuando estamos rebasando por la izquierda a un rebaño de vacas que transita plácido por nuestro carril, un coche que sube y nos lo encontramos de frente. Momento crítico. Pero sobrevivimos para contarlo, (incluso las vacas) sin que llegue la sangre al río. O al wad, como dicen aquí. De manera que si la subida ha sido emocionante, la bajada pone los pelos de punta.




Lo de la circulación merece una especial mención. Se las van haciendo unos a otros como puños, pero lo mejor es que nadie se sulfura, ni se enfada con el otro, ni se miran mal, ni se insultan. Se arrojan a toda velocidad en mitad de una rotonda atiborrada de coches enloquecidos, haciendo dar unos frenazos y unos virajes espeluznantes unos a otros, y nadie se mira mal, ni se ofende. Van tocando la bocina todo el rato, como si hubiera ganado su equipo de fútbol, y como ya han avisado de que están allí cuentan con que el otro se quitará o evitará la colisión.
Y siempre hay un motorista (sin casco) que cruza como una exhalación por delante, o un ciclista que circula en dirección contraria por el arcén de la izquierda, en una autovía de tres carriles. ¿Cómo ha llegado hasta allí, y sobre todo, cómo va a salir de allí?



Hay peatones que cruzan las autovías por donde vamos circulando a 120 km/h. Y no se agitan ni se apresuran. Uno y otro, peatón y conductor, calculan perfectamente las velocidades respectivas y ni el peatón se molesta en dar una carrerita, ni el autocar amaina un punto su velocidad. Es como un pulso, ni yo freno, ni tú corres.









Y aquí no ha pasado nada.
En las dos horas que dura el trayecto desde el Krac de los Caballeros a Maalula vemos toda clase de cosas que hubieran movilizado en España a toda la Guardia Civil de Tráfico. Aquí no vemos policía en la carretera, ni falta que hace. Un camión adelantando a otro, y como el coche que viene detrás no cabe, los adelanta a los dos por el arcén de la izquierda.


Las furgonetas, los camiones y las cisternas de agua van decoradas con toda clase de colorines, haciendo dibujos geométricos que alegran mucho las carreteras. Así que, en general, un viaje por carretera, ahora que lo hemos disfrutado en delantera preferente, es otra de las cosas que hacen inolvidable este país. Ya no vamos a necesitar ir a un parque de atracciones en varios años. Hemos vivido suficientes emociones.






Esta noche nos han reservado sitio en un restaurante (otra vez zona cristiana) con espectáculo incluido. El espectáculo es prototípico para turistas: una danza del vientre algo diferente de lo que hemos visto en otros sitios, porque la bailarina no va vestida a lo árabe, con tules, gasas y el vientre al aire, sino con una túnica de rayas que debe ser más bien armenia o judía, y la acompaña un gordo bigotudo que evoluciona como un oso a su alrededor.




Luego sale un derviche (demasiado bien alimentado para la idea que uno tiene de lo que son los derviches) de los que dan vueltas sobre si mismos hasta que la faldamenta blanca se eleva en torno suyo como una luna horizontal. Gira de ese modo enloquecido que ellos saben hacer, y lo más meritorio es que al parar en seco, es capaz de salir andando en línea recta sin llevarse ninguna mesa por delante. Sorprendente.


Y por último, hay un intérprete de un instrumento parecido al laúd o la mandolina, al que él llama algo así como buzuk o bazuk (luego lo he encontrado en internet, y efectivamente es un laúd de mástil muy largo) Este si que toca bien, bastante mejor que el violinista del otro día. Es un auténtico virtuoso que lo mismo puntea a velocidad de vértigo alguna pieza clásica de Paganini, que nos dedica a los turistas italianos o españoles que llenamos el comedor el “O sole mío” o el “Porrompompero”. Consigue que acabemos cantando todos a coro, pero lo mejor es cuando ataca la música del país, que acompaña con su propio canto.




De vuelta al autocar, por la Vía Recta que atraviesa el Barrio Cristiano de Damasco de Este a Oeste, pasamos ante varias iglesias de distintos ritos cristianos que están en plena celebración de los Oficios de Jueves Santo, iluminadas, con mucha gente entrando y saliendo. Vemos popes griegos con esos característicos bonetes anchos por arriba, y grandes barbas, y la animación en la calle es total aunque son más de las 11 de la noche. Es la zona de la ciudad donde se ven más mujeres con la cabeza descubierta, prácticamente todas, y haciendo gala de esta prerrogativa, llevan unas melenas perfectamente cuidadas, y además, como es día grande de fiesta cristiana, van arregladísimas, maquilladas hasta la exageración. Aunque algunas se pasan de maquillaje, hay auténticas bellezas.
Lo cierto es que los tipos sirios son, en ocasiones, de llamar la atención. Evidentemente no se puede hablar de un solo tipo de sirios, este es un país por donde ha pasado prácticamente todo el mundo desde hace 10000 años, o más. Pero hay un estilo de facciones marcadas, muy mediterráneo, en los hombres es muy peculiar la forma de la cabeza, con la nuca muy recta desde el cogote hacia arriba, sin que la nuca sobresalga hacia atrás. Y lo que es llamativo y sorprendente es la cantidad de ojos claros que se ven. En unos tipos tan morenos, que tienen tanto componente racial árabe y mediterráneo choca la gran cantidad de personas con unos ojos grises, verdes, azules, grandes, de pestañas negras y densas, que llaman la atención por la calle. O de vez en cuando tipos muy rubios, como el niño vendedor de lirios que fotografié en Qalat Simán. Cuando son guapos, son guapísimos.

Otra vez nos vamos a la cama con la alegría de permanecer dos noches seguidas en el mismo hotel, así que mañana no habrá que cerrar maletas; aunque la pena es considerar que cuando las cerremos, será para emprender la vuelta a casa. Pero no hay que pensar en eso todavía, a cada día su afán, y nos quedan dos días casi completos para terminar de descubrir Damasco.


martes, 27 de abril de 2010

Crónicas Siriacas IV

Cuarto Día. Miércoles

Hoy permaneceremos todo el día en Alepo pero hacemos una pequeña escapada hacia el norte de la ciudad en dirección a Qalat Siman, o lo que es lo mismo, las ruinas de la Basílica de San Simeón Estilita, que pasó más de media vida encaramado en una columna. (A mi siempre me ha parecido una manera muy especial de llegar a la santidad, pero ya lo decía Matonkiki, “Debe zer zanta porque ez muy rara”) Mientras vamos en el autocar recorriendo los pocos kilómetros que separan Alepo de ese lugar, Ahmet, nuestro guía, nos hace un relato de la historia y la vida de San Simeón, (muy similar a la que aparece en el enlace superior) y consigue que nos pongamos en la mentalidad de una época y un modo de vida muy distintos a los actuales, que ayuda a explicarse una opción de vida tan singular. Bien mirado, en muchos lugares y en muchas culturas ha habido y hay ascetas, contemplativos, yoguis, gurús o como se les denomine en cada caso, que parecen olvidarse de su cuerpo material sumidos en distintos tipos de oración o contemplación. Tiene que haber de todo en esta vida. Y una vez más, con ocasión de estas explicaciones, Ahmet nos da muestras de su erudición, de su conocimiento de la historia, el arte, las herejías, los concilios y de su gran respeto por las creencias más diversas, aunque no las comparta.


Sobre una altura que domina les estribaciones del macizo calcáreo donde se sitúan las ciudades muertas (se ven algunas ruinas allí a lo lejos), hacia el norte un valle lleno de verdor, con montañas al fondo y cerca de la frontera con Turquía, hay una gran explanada donde se levantan las ruinas del que fue uno de los centros de peregrinación más importantes del Imperio Bizantino, en los siglos V y VI de nuestra era.

En torno a la columna donde estuvo San Simeón los treintaitantos últimos años de su vida se edificó una basílica muy original, porque en realidad son cuatro basílicas que crean una cruz latina con la columna (o lo que queda de ella) en el centro de un octógono al que se abren las cuatro. (Se aprecia perfectamente en Google Earth: coordenadas 36º 20’ 03’’ N / 36º 50’ 40’’ E) Cada una de las basílicas, de tres naves, por si sola, hubiera sido un templo considerable. Las cuatro juntas forman una edificación monumental, aunque ya no se conservan las cubiertas y muchos de los muros han caído. Aparte de las invasiones y las guerras, toda esta zona es de gran actividad sísmica y ha sufrido terremotos de diversa intensidad. Además de la Basílica hay restos de un convento adosado, con una capilla funeraria (excavada en un solo bloque de roca, impresionante) y un baptisterio. El conjunto debió ser enorme, y como ocurrió con tantos otros lugares similares acabó convertido en fortaleza en los siglos difíciles de las invasiones procedentes de oriente, primero, y luego en las guerras contra los cruzados. De hecho la palabra Qalat significa castillo o fortaleza, Si se piensa en todo lo que ha ocurrido desde el S. V lo asombroso es que aún quede algo en pie.


Ahmet nos hace fijarnos en las peculiaridades del arte Bizantino, los capiteles corintios con las hojas torcidas como si las agitase el viento, las ventanas enmarcadas por cenefas que recorren las fachadas, los distintos tipos de cruces esculpidos en arcos y dinteles, la latina, la griega, la de Malta, la bizantina, la siríaca, etc




Un vendedor de flores.


No es el ciprés de Silos, pero no tiene nada que envidiarle


Hace una mañana espléndida, de un frescor muy agradable, se oye cantar a toda clase de pájaros, hay unas flores rojas entre la hierba que al principio me parecen amapolas, pero pronto compruebo que son anémonas, brillantes como si estuvieran esmaltadas, y en general se respira una paz y un sosiego que hacen verdaderamente comprensible que cualquiera se dedique a la vida contemplativa en un entorno así.



Atravesar Alepo a las 12 de la mañana significa zambullirse en un atasco considerable, pero eso no es problema para nuestro experto chofer, Swidan, y llegamos a la Ciudadela de Alepo, nuestro próximo objetivo, en relativo poco tiempo.

La Ciudadela de Alepo es más que un castillo; es una edificación formidable, que domina la ciudad desde su altura y que destaca como un inmenso ombligo ovalado en las fotos por satélite en Google Earth (36º11’55’’N / 37º09’42’’E). Rodeada por un foso descomunal y abrazada por su muralla, guarda en su interior una ciudad con sitio para la guarnición militar, el palacio del gobierno con su parte pública y privada, mezquitas y viviendas. Pero la primera aproximación es definitiva: Antes de cruzar el foso hay una torre albarrana que protege la primera puerta


Una vez que se atraviesa esa entrada la mole impresionante de la ciudadela nos abruma con su presencia desmesurada. Es un efecto teatral totalmente conseguido. La impresión de poder, de fuerza y de inexpugnabilidad es enorme. Uno sube la rampa de aproximación a la puerta principal poniéndose en el papel de un invasor, un súbdito, un prisionero que entraran en ese lugar, y piensa que debía hacer falta mucho valor. Sólo he experimentado una sensación similar de “Dios coja confesado al que no se acerque aquí con buenas intenciones” en el Castello Sforzesco de Milán. Hay lugares que están hechos para minimizar al que se acerca, y lo consiguen. Queda perfectamente claro quién manda allí.






De todas formas, a todo hay quien gane. A mediados del s. XIII de nuestra era, en torno a 1260, los mongoles se expandieron hacia el oeste y entraron, arrasando, en Siria. Y cuando llegaron a Alepo y vieron que el foso era un obstáculo importante para tomar la ciudadela, ingeniaron la solución más cómoda: asesinaron a 30.000 prisioneros y rellenaron el foso con sus cuerpos. Y luego no tuvieron más que pasar por encima. Sobra decir que esta vez, la ciudadela sí fue tomada, aunque había resistido ataques durante siglos.




De hecho, la decoración de la puerta principal es un motivo que se repite insistentemente: una herradura con una flecha dentro. Hay casi doscientas de estas herraduras con la abertura hacia abajo, y sólo una al revés, con la abertura para arriba. Eso simboliza que sólo hay una oportunidad entre doscientas de tomar esa ciudadela. Los mongoles aprovecharon esa oportunidad, según parece.





Como en ese detalle, Ahmet nos hace fijarnos en símbolos, que nos pasarían desapercibidos si no los señalase: los leones sobre la puerta inclinados ante un lirio, simbolizan al poder militar que protege al trono; Las serpientes que se enroscan sobre la puerta marcan los límites de una zona protegida; la puerta de acceso principal no está de frente a la rampa, para que no se puedan utilizar arietes, y está situada a la derecha del que entra, para que sea más fácil el manejo de la espada de los que la defienden y más difícil para los que atacan…¡todo estaba pensado!


Y nos internamos en el recinto, que como en tantos otros Tells o colinas, debe en parte su altura a la acumulación de restos muy anteriores a la construcción de la Ciudadela árabe: hay zonas que están siendo excavadas, en el interior, en donde se comprueba la existencia de capas superpuestas de ciudades bizantinas, romanas, amorritas, fenicias, hasta ni se sabe cuándo. No en vano Alepo le disputa a Damasco el título de “ciudad habitada continuamente desde más tiempo”; más de 4000 años, desde luego. (¡Y aquí llamamos “Madrid antiguo” a la zona de los Austrias, que tendrá como mucho 400 o 500 años!).





Recorremos calles, fortificaciones, una de las mezquitas, el Palacio, tanto en su zona administrativa como en su zona privada. La construcción juega mucho con dos clases de piedra, caliza blanca y basalto negro, consiguiendo contrastes cromáticos de mucho efecto estético. Es algo que nos suena familiar a los que tenemos en nuestro país monumentos como la Mezquita de Córdoba o el Arco de Alcántara.


Vemos que las niñas llevan la cabeza descubierta hasta la adolescencia. Y a raíz de esta observación surge en el grupo la conversación sobre el tema del velo, y es cuando Ahmet nos hace esas reflexiones, sobre la repercusión que ha tenido lo de las Torres Gemelas en una vuelta masiva al uso del velo por parte de las mujeres. De todas formas, desde nuestra óptica occidental, razonablemente feminista, nos sigue pareciendo una discriminación evidente que el problema sea cómo visten las mujeres, y que las mujeres sean ocasión de pecado para el hombre. ¿No hay normas estrictas sobre cómo deben vestir los hombres? ¿Es que los hombres no son ocasión de pecado para las mujeres? Una vez mas es evidente que el mundo está hecho por y para los hombres, y las mujeres son objetos secundarios que existen en función de su papel con respecto a ellos. Y esta es una crítica que no puede dejar de hacérsele al Islam, porque esta situación es más acentuada aquí que en muchos otros sitios y perpetúa un rol de la mujer como secundaria y dependiente del hombre.


No serán burkas, pero ¿cómo se puede ver el mundo desde detrás de un velo negro tupido?
Hasta las manos lleva cubiertas con guantes negros ¿será así también en el calor de agosto?




Hemos comido tardísimo y con calma. Está atardeciendo y ha refrescado, pero nos damos una vuelta callejeando por este barrio armenio, que es muy bonito. En todas estas ciudades, con ser diferentes y orientales, se encuentran sin embargo, rincones y callejones que pueden recordar a otros equivalentes de algunas de nuestras ciudades históricas, Cáceres, La Alberca, Albarracín. No caben dudas sobre la herencia.






Un vendedor de té a la entrada de la Gran Mezquita de Alepo
Otro sirio rubio, como el vendedor de flores de Qalat Simán



El minarete de la Gran Mezquita de Alepo


Vamos a la Gran Mezquita que no es tan grande como la de Damasco, pero por ahí le anda. En cambio hay menos turistas por lo que da más impresión de lugar de recogimiento y oración. Como es preceptivo para entrar dejamos nuestros zapatos (aquí hay menos follón de gente y los dejamos en una especie de guarda-calzados que hay a la entrada) y nos ponemos las correspondientes chilabas con capucha. En el interior hay un imán rodeado de estudiantes recitando el Corán con la cantinela que le es propia. Nosotros también nos sentamos en el suelo (¡un descansito!) y escuchamos a Ahmet, como si fuera nuestro imán, que nos cuenta que esa recitación del Corán salmodiado siempre de la misma manera es uno de los fundamentos de la pervivencia y la unidad de la lengua árabe en todo el ámbito islámico, que es enorme y multilingüe; no olvidemos que llega desde Indonesia hasta Marruecos. Pero esa presencia constante del árabe clásico del Corán, unifica y permite la comprensión mayor o menor de todo ese mundo. A la salida, ya anochecido, escuchamos la última llamada del muecín, con toda su fuerza y su musicalidad.



Vamos al Zoco, y damos unas vueltas por las tiendas, que llevamos mucho tiempo sin hacer gasto, y las libras sirias nos queman los bolsillos. Hay pañuelos de seda, pulseritas, collares, y sobre todo, jabones. El famoso jabón de Alepo, fabricado con aceite de oliva y laurel. Como somos muchos y muy pesados nos eternizamos por los puestos y no nos cunde nada, pero la sola visión del Zoco merece la pena. Hay, según dicen, 14 km de calles cubiertas con bóvedas de piedra, con los comercios agrupados por gremios, el zoco del oro, el de las pieles, las telas, las especias, las alfombras, y se ve que, aunque el turismo es frecuente, son tiendas para los habitantes de la ciudad, no como en otros lugares que lo que predomina es el “souvenir” y la artesanía apresurada para turistas. Las tiendas son abigarradas, se acumulan las mercancías en espacios minúsculos. Cubículos llenos hasta arriba de telas de colores chillones, ropas con lentejuelas, encajes, plumas y volantes, que otra vez nos chocan por el contraste con las compradoras, cubiertas de negro; e incluso vemos algunas de las que se tapan la cara con un velo, inclinándose y levantando un poco el velo, porque es imposible que vean lo que están comprando a través de esa gasa tupida.



El Zoco de las telas



Aqui , alfombras y objetos de metal


Nos llaman mucho la atención los puestos de especias, con su acumulación de colores y olores insospechados, flores, semillas, frutos secos, todo en primorosos montoncitos, colocaditos en sacos. La miel se vende en panales enteros, con sus celdillas de cera y todo, y la vaselina en enormes masas blancas con las que llenan el tarro del tamaño que tú quieras.






En la tienda de los jabones nos volvemos locos y nos los llevamos por docenas. Luego vemos que tiene un cartel (tosco, hecho a mano sobre un cartón) en el que anuncia que es la mejor del zoco y que así lo acredita la guía Lonely Planet, incluso con indicación de cuál es la página de la edición española en que aparece la tienda



Nos impresiona ver las carnicerías con el animal colgando de un gancho a la vista del público, y de las moscas, por cierto. Ahora estamos en primavera, esperemos que con los calores metan el género en la cámara. Si es que tienen cámara.



Con estas bóvedas de piedra se cubren los 14 km de calles, callejuelas y callejones que forman el Zoco de Alepo



Alepo de noche y con luna llena desde mi ventana



Mañana ¡El Krac de los Caballeros!